domingo, 1 de mayo de 2011

El Camino de los Solitarios (Lonely Ride)

Toda historia pasa por la Escarlata. Toda historia sucede con sangre. Cualquiera puede caminar por aquí, pero hay unos pocos que conforman las calles por las que la masa camina. Aquéllos que han logrado un hueco en esta Ciudad, han logrado un hueco sempiterno en quienes la imaginaron.

Y todos los que quedaron por el camino, todos cuyo final no está escrito o cuyo comienzo no pasó por la Escarlata… Todos los que buscaron dónde encajar, a qué lugar sumarse, sin respuesta… Todos los que pasaron, por aire, tierra o agua, por la Ciudad y la dejaron atrás —y algunos de quienes la dejaron de lado— reposan en el Camino de los Solitarios: una larga calle cuyas farolas alumbran blancas el asfalto y las aceras, que no tiene casas, puertas ni más caminos que los que guardan a los muertos o que llevan a ellos.

¿Y no es, o ha sido o será, cada una de las partes de esta Ciudad parte del Camino?

La memoria de quienes formaron las calles murió, o morirá, tarde o temprano. Algún día, el ángel será polvo, no quedará una hebra de vida en el jardín o en la plaza, el bosque estará marchito. El Camino de los Solitarios se irá con ellos.

Camina, hasta entonces. Y cuando llegues al final… sigue dibujando la calle.


9 de abril de 2011

sábado, 30 de abril de 2011

Lénore

Hablemos de Maroon. Maroon, en ese idioma, puede ser varias cosas: el color de la sangra coagulada al mezclarse con el barro, dando la apariencia de que la misma naturaleza se está gangrenando; abandonar a su suerte a alguien en una isla, simplemente... -o no tan simplemente.

En su idioma, Maroon es una disociación, es la realidad recrudecida, es esta Ciudad: Maroon City. Cierra los ojos y respira profundamente: el olor a humo mezclado con el polvoriento sabor de la brisa llena su garganta. El Sol poniente ilumina las torres del lugar, desprendiendo un resplandor que podría caracterizarse como "marooniano" por su aspecto gastado: un rojo medio podrido, pestilente, carcomido. Las calles trepan y congestionan la urbe plagándola de coches y colosales autobuses que, despreocupados (como sus madres las fábricas lo hacen en el extremo septentrional), escupen sus flatulencias al exterior, ya completamente desprovisto de su primigenia naturaleza. Y, entonces, absolutamente rodeado, en el centro de la calle más significativa y transitada del lugar -la Scarlet Main Street-, tiene la certeza de que está solo, abandonado a su suerte... ¿en una isla?

Sus pasos se deprimen, abarcando cada vez menos terreno para, finalmente, detenerse frente a la estatua que preside la ciudad.

-Lénore... -susurra.

La blanca piel del ángel, pétrea e inmóvil, hierática, conmueve su pequeño corazón.

-Lénore... -vuelve a susurrar.

-Dime, pequeño -responde el ángel.

-¿Cómo llegaste hasta aquí? Dime, Lénore -pregunta el chiquillo. Sus diminutos ojos verdes se clavan tristemente sobre su interlocutora. Sus piernecitas, demasiado cortas como para permitirle alcanzar siquiera la cima del marmóreo pedestal, se curvan, colocando a su cueño de cuclillas para luego sentarle. Las ropas del muchacho, agitadas por el viento -muy fuerte en este preciso lugar de la ciudad-, parecen querer evitar la conversación.

-Te lo contaré, pequeño -dice el ángel-. Pero antes dime: ¿por qué no has comido hoy?

-Papá no ha pescado nada -confiesa el muchachito.

-¿Y...? -comienza Lénore, para ser interrumpida.

-... y mamá murió el año pasado -añade el chico.

-Lo sé. Toma, come -musita el ángel.

El viento empuja una aceitosa caja de hamburguesa, que choca contra el niño quien, ansioso, abre para descubrir que está vacía.

-Lénore... -susurra de nuevo, suplicante.

Pero el ángel ha callado.

Las gentes vienen y van por Scarlet Main Street. Su rutina sólo se rompe, y momentáneamente, cuando descubren el cuerpecito de un niño de apenas siete años frente a Lénore, la estatua que preside la ciudad.

Bienvenidos a Maroon City.


5 de marzo de 2010

miércoles, 27 de abril de 2011

Anónimo (Two Brothers' Port)

los caminos rectos nunca son buena señal.
a lo lejos, en el norte, al final de una carretera tan recta como una regla se encuentra el destino del que te quiero hablar. su asquerosa simetría oculta un sinuoso e irregular río que habrá de dar con las almas de los dos hermanos en el lago más allá de las montañas: allí todo oculta algo y lo que se te muestra es una tapadera.
puedes dejarte engañar por las luces de la calle escarlata, y entonces te darás cuenta de que no hay ni un sólo cartel que te lleve a ningún otro punto de la Ciudad. en la misma calle no encontrarás un sólo cartel que te lleve a uno de sus callejones, pues no quieren que los veas.
continúa avanzando hasta ver al ángel de piedra, continúa hasta el final donde las estrellas se tiñen de rojo y el mármol del suelo se convierte en césped y encontrarás el hogar de su amor. allí hallarás su suelo sagrado, allí descubrirás lo que su belleza esconde.
busca entre sus edificios, entre los lugares que no aparecen en el mapa encontrarás el hogar de su amor en una plaza oculta, como todo, a la vista de los que no tienen negocios allí. despierta la elegancia de sus colores, destapa las pequeñas florecitas que se han enterrado en el suelo por los golpes de la lluvia.
caza mariposas en el bosque violeta y déjalas volar otra vez. sólo quiero que me traigas un poco del polvo de sus alas para poder oler la esencia de sus pulmones y recordar el lugar en el que nos enamoramos.
despiértame cuando vuelvas de la Ciudad. y dime si has encontrado a sus arquitectos debajo del agua, en la calle principal, en el jardín, en la plaza, en el bosque o diste con ellos en los suburbios.
y entonces entenderás por qué te dije que no todo es lo que parece, y que ni el más lejano viaje puede separarme de ti.

7 de febrero de 2010

martes, 26 de abril de 2011

Backstreet Girls (Dark Side of the Room)

Está cantando otra vez esa canción. Mientras tanto, la observa como quien mira a una gacela que está a punto de ser devorada por el león. Su ropa no hace más que dar vueltas mientras un ligero resplandor rosado parece iluminar la estrecha habitación.

Él se enciende un puro. Su babeante boca lo empapa a la vez que lo aprisiona: él es su dueño.

Parece asustada. Con delicadeza, entre un giro y otro, lanza suplicantes miradas a la puerta haciendo como si le estuviera mirando a él.

La minúscula sala no tarda en llenarse del humo del puro, que se une a la danza.

Entonces la luz se va atenuando lentamente hasta desaparecer. En la inmensa oscuridad sólo se ve un brillante punto rojo que se enciende y se apaga. Después desaparece también.

Se oye el cerrojo de la puerta y, entonces, nada.


14 de enero de 2009

lunes, 25 de abril de 2011

Ockham's Minster

Cetros, báculos y bastoncitos de colores. Mi mente se ha quedado completamente bloqueada y, obtusa, trata de comprender el porqué de esta sensación que, de repente, ha teñido el día gris de negro.

En estas fechas siempre pasa lo mismo: todo es felicidad, todo son regalos... Trato de convencerme de que son estupideces, de que no es más que un fetiche al que se aferran millones de familias alrededor del mundo para sublimar su desgracia.

Es un bien común a todos aquellos que acaso sean tan ciegos como para no reparar en las cadenas que ello supone, pero incluso los hay que las conocen y se las aprietan. Otros, resignados como yo, tratamos de pasar los días junto a alguien para no sentirnos desamparados, pues esta joya se torna en carbón para aquellos que no aceptamos su falso brillo.

Buscas alrededor y no hay nadie. Las calles desiertas evocan una ciudad evacuada por riesgo de contagio y el único rastro de vida lo constituyen los cientos de luces imposibles de evitar con la mirada que parecen gritar que más vale ser un necio feliz que un sabio desgraciado.

Pero hay algo que no encaja.

Marionetas cogidas por los pelos por un individuo al que nunca tuve la oportunidad de conocer.

Para mejorar el escenario, el viento gélido azota mi cuerpo. Sería un buen momento para irse a casa, disfrutar aunque fuera de una cálida soledad en la amarga compañía de la melancolía... claro que no tengo casa, mucho menos un hogar, donde resguardarme del frío. Parece evidente que todo aquello que vive y todo aquello que, inerte, baila al compás de viejas canciones populares se ha aliado en mi contra, juzgando mi decisión.

A cada rato vienen a mis oídos gozosa risas, sonoras carcajadas fruto del alcohol, la felicidad o una acertada solución de ambas, ya no sé si producto de mi volátil imaginación, de mi oportunista esquizofrenia o de la realidad misma. ¿Y cómo saberlo, si ocurren intramuros?

Una señora me mira con desdén al cruzarse conmigo. Mi aspecto desaliñado, excesivamente arreglado, estrambótico o plenamente común -hoy por hoy ¿quién sabe?- le impulsan a mantener la distancia de seguridad.

Dos coches chocan en la lejanía.

Escuché atento las palabras: "la gente iría más despacio si, en lugar de airbags, fueran unos afilados cuchillos los que esperasen junto al salpicadero".

Toso. Esputo. Otra mujer me evita.

Trágica víspera. Un sueño roto, quizá más. Las aceras parecen perder el ancho común mientras pocos coches apisonan el asfalto aún mojado por la lluvia.

Dos coches colisionan a unos metros.

La nieve parece disimular un rastro inconfundible. Mis pasos, similares a los de una persona ebria, espantan a los transeúntes. Sería eso.

La cueva de los demonios se alza frente a mí mientras las brillantes luces terminan de sumirme en el estupor de la decadencia.

Dos coches se aplastan ante mis ojos.

La obsolescencia de cualquier acontecimiento transcurrido en estas mágicas horas pierde valor ante una sociedad ahumada en consumismo y celebraciones. Descubrí su espíritu para perder el mío en un cartel de "Desaparecido".

Dos coches se mutilan, se desmiembran, se pierden entre la nieve y el humo.

En una noche tal, nadie mira las noticias.


9 de enero de 2009

domingo, 24 de abril de 2011

Café Voltaire

Hoy es uno de esos días en los que la lágrima está a punto de caerse en mi café. Uno de esos días en los que he guardado la tristeza detrás del párpado que, débil, tiembla.

Hoy es uno de esos días en los que, inseguro e incapaz, descontento e infeliz, he permanecido durante horas ante el espejo tratando de hacer de mi cara un rostro al menos digno de ser mirado y no lo he conseguido, y ahora echo una pastilla dentro de la pequeña taza y doy vueltas a la cucharilla, buscándole sentido al molesto sonido.

Voces, toses, humo... y mi labio comienza a imitar al párpado. Lo muerdo, intentando disimular.

Es, cuanto menos, curioso. Ha pasado ya tanta gente junto a mí, tanto por el pasillo de la cafetería a mi izquierda como por la acera de la calle tras de la cristalera a mi derecha... y nadie ha reparado en él. Quizá ya no signifique nada. Quizá todos sientan lo mismo que yo y sólo nos diferencie el hecho de que yo ya no puedo aguantarlo.

Esta mañana, cuando me miraba en el espejo, busqué formas de acabarla. No sabía qué final ponerle. Pensé: "¿Qué mejor sitio para acabar una historia que donde empezó?", y seguramente haya cientos de respuestas a esa pregunta, pero ninguna me importa, pues ya he tomado una decisión. El cuchillo descansa sobre la mesa, sorprendentemente sin llamar la atención, junto al café aún caliente. Me lo bebo de un trago.

"Aquí empezó, ¿recuerdas? Lo más seguro es que ya ni te importe." No, seguro que ya no le importará.

Yo sólo sé... Sólo sé... No sé. Hace calor aquí. La gente no repara en él, la gente tiene más valor que yo, la gente tiene más aguante. Pobre desgraciado, ¿no dijiste que nunca lo harías? ¿Dije eso? No sé.

Pensaba en cómo acabar la historia. No sabía. ¿Dónde? Eso sí: en el Café Voltaire, entre el humo y las toses. Aquí acabará, pues tomé mi decisión...

Siento... Arde...

Se me escurre el cuchillo de las manos. Ahora sí llama la atención, en el suelo. Oigo un grito.

Estúpida.

"No se preocupe, tomé mi decisión". ¡No será con cuchillo!

Tomé mi decisión. Nunca mejor dicho. Me la tomé con el café.


3 de diciembre de 2008

sábado, 23 de abril de 2011

El Paseo del Filósofo (Philosopher's Road)

No habrán pasado ni diez minutos desde que dejé el Libro sobre la mesa... Es curiosa la forma que tiene el presente de darnos bofetadas en las que, de cualquier otro modo, no hubiéramos reparado.

¿Crees en los milagros? Yo no.

La mente juega al mismo juego que nosotros pero con cartas que nunca hemos visto. Recordamos los momentos puntuales que nos son desfavorables más aún que un continuo de momentos repetitivamente favorables, llegando a la conclusión de que "siempre todo nos sale mal".

"Animales pensantes", decían los griegos. "Animales políticos", decía Aristóteles. "Animales", decía Skinner. Lo que es cierto es que el hombre es un animal de costumbres, ya sea pensar -cada vez menos acostumbrado-, socializarse o, simplemente, dejarse llevar por los estímulos. A raíz de esto, cuando se rompe esta costumbre tendemos a explicar el suceso racionalmente cuando puede ser simplemente cuestión del azar, de la estadística o de cualquier otra cosa no controlable. Si es algo malo en un continuo de cosas buenas, entonces recordaremos lo malo con mayor facilidad. "Siempre llega tarde", oía decir a una mujer en el Metro. Lo que ocurre es que, cuando llega a su hora, no te paras a pensarlo, mujer, ni mucho menos exclamas quejicosamente: "Siempre llega a su hora".

¿A qué venía todo esto? Sí, esto ocurre cuando el suceso inesperado es malo, pero ¿y si es bueno, es más, extremadamente bueno? Milagro. Curiosa palabra. No creo en los milagros.

Creo que en ocasiones ocurren cosas completamente inesperadas que parecen una señal del cielo, pero que responden a una lógica completamente... lógica. ¿Acaso estaría teniendo este monólogo interior si no hubiera cerrado hace unos minutos el Libro? ¿Acaso me hubiera sentido curiosamente agredido por las placas de las calles por las que paso, que no son más que las que veo todos los días? Pero hoy pasa algo distinto, claro. Hoy adquieren un nuevo significado, pese a que todos los días que he pasado a su lado no han sido más que un pedazo de metal.

Milagros, bofetadas... ¿casualidades? "Tampoco creo en las casualidades", podría decir, cayendo de nuevo en el tópico, cayendo de nuevo en el error de repetir palabras de otras personas sin pensar en lo que significan. ¿Nos asusta la libertad? ¿Existe la libertad? ¿Existe la verdad y la mentira? Y sólo somos capaces de repetir palabras...

"Animales repetitivos", podría decir si acaso no estuviera envuelto dicho matiz en la misma afirmación de que somos "animales de costumbres". ¿Qué ves en el espejo? ¿Eres tú? De seguro que este pensamiento tendría menos trascendencia en mi presente si no estuviera pasando por esta calle. Trascendencia... no voy a pasar por la tuya. Y, con respecto a ti, René, lo único de lo que estoy seguro cuando me miro al espejo es de que estoy la mitad de lejos. Hablo solo como si acaso tuviera compañía. ¿La tengo, Friederich? Si hasta la soledad puede acompañarte...

"Animales", sin duda.

Lo mejor del Libro es que llama cabras a los cabrones.


8 de noviembre de 2008

viernes, 22 de abril de 2011

Poeta (Wallace Library)

Ruge agitado el cielo en esta noche
de tempestuosas tormentas en gris
Limpia grácil su lengua el carmín
y los árboles susurran su nombre

Consideraría palabras torpes
las que buscan describir mi sentir
y en un soneto tan corto escribir
lo que no lograron más de mil voces

Con aliteración y con rodeo
trato de considerarme poeta
mientras mi pluma no llega a bufón

De los juglares, eso sí, el primero.
Cierre el cielo sus níveas compuertas
para aquélla cuyo carmín limpió

Edward Wallace


5 de noviembre de 2008

jueves, 21 de abril de 2011

Otherside (Maroon States)

Un precioso puente. Un precioso parque circular. Unas preciosas calles... vedadas para los profanos por unas frías barras de metal. Los castillos de nuestro siglo, y ésas son sus murallas para que la plebe no pueda pisar sus limpias aceras, ver sus relucientes casas, admirar sus cuidados espacios verdes... o simplemente sorprenderse porque todas las farolas alumbran.

Incluso parece que el aire es más limpio aquí... ¿Simplemente lo parece?

A los que viven aquí no les consideramos de la Ciudad: ellos han montado su propio pequeño país en el que todo funciona a la perfección. No les consideramos ciudadanos, pero casi tampoco humanos. Ellos mismos han renunciado a su humanidad erigiéndose en poderosos contempladores de la miseria que tan cerca tienen, ellos pusieron las verjas. Sí, ellos construyeron el puente, pero también la muralla.

Les tratamos como si fueran muertos, porque así lo están: ellos no significan nada para nosotros, como nosotros no significamos nada para ellos. Este es el otro lado de la Ciudad. Ni siquiera: esto es simplemente el otro lado, y ellos sus habitantes. El mismo fiero clasismo late en sendos corazones: si a mí se me cayera un papel al suelo, uno de ellos no se detendría a recogerlo; al igual, si a uno de ellos le ocurriese lo mismo, también pasaría de largo. ¿Acaso tengo que participar de su realidad cuando ellos me han retirado de ella?

Ellos... Malditos ricos. Racionalmente, sé que mi rabia contra ellos es una rabia mal dirigida, pues lo que realmente me enfurece es el hecho de que yo haya nacido al otro lado del puente y no aquí... Pero, racionalmente, también sé que quemar el tejido que se hunde en esta botella con queroseno y lanzar el resultado contra este parque no va a solucionar mis problemas...

...pero quizá sí les traiga algunos a ellos.


13 de octubre de 2008

miércoles, 20 de abril de 2011

Kunara's Square

Aún no sé cómo he llegado a este lugar. En ningún sitio he visto un cartel que señalizara la dirección para alcanzarlo, y jamás había oído su nombre. Es una sensación curiosa, ésta. Caminaba por Old Market's District, entre fachadas roídas por la humedad y, de algún modo, he terminado encontrando una pequeña plaza escondida entre enormes edificios. Una plaza que rompe con la estética de este lugar, tan fría y externa.

Es una plaza con el suelo empedrado, peatonal. En uno de sus extremos hay un pequeño parque casi vacío, y todo su perímetro está lleno de casitas bajas con toldos que dan sombra a unas jardineras llenas de pequeñas florecitas, de miles de colores.

Cuando estás aquí, todo lo demás no importa. Jamás había sentido algo igual, jamás había experimentado una sensación siquiera parecida.

No sé cómo he llegado, pero sé que no me quiero ir.

Podría quedarme aquí el resto de mi vida. Es como si este lugar te abrazase. Curioso, pues está escondido y es casi imposible alcanzarlo, pero luego parece no querer desprenderse de ti. Es una simbiosis. ¿Con una plaza? Es mucho más que una simple plaza.

Apenas transitada, las pocas personas que caminan por ella deben tener lo mismo que yo en sus cabezas: no quieren marchar. Las pequeñas florecillas no se alzan más de tres centímetros de su suelo, pero crean un tapiz multicolor que nunca podrías terminar de describir, pues según el momento es diferente.

Es como caminar por un cuadro impresionista. Y los altos muros de los edificios de alrededor la protegen de las miradas de la gente, pues si supieran lo que tienen tan cerca no querrían salir de allí, y quizá terminarían dañándola.

No sé cómo he llegado. Sé que no me quiero ir.

No sé explicaros cómo llegar, aunque quizá no sea uno quien la encuentre, sino la misma plaza la que le llame, la que le invite.

De ella sólo podría decir con certeza su nombre. A la entrada, en un tímido cartel oculto de las miradas de los que no han sido invitados reza: Kunara's Square. Esa plaza nunca desaparecerá de Maroon.


1 de julio de 2008

martes, 19 de abril de 2011

Wolf's Mouth & Boss' Road

Los números. Prejuicios. Idealismos. Locos y extremistas. Radicales y enajenados.

La humanidad siempre ha buscado un algo más en ellos, los hombres han tratado de ver en ellos algo más de lo que realmente hay. Y es que, al fin y al cabo, los números también son creación nuestra, y no hay en ellos más que lo que nosotros mismos queramos poner. Esenciales, sin duda, al menos en la civilización a la que pertenece esta ciudad, este Estado, este país...

Esenciales son el número 1 (ninguno mejor para expresar el sentimiento de superioridad de nuestra nación), el 3 (nadie sabe cómo, pero todo acaba tripartiéndose: el fin de la Scarlet Main St., los poderes, las trinidades), el 6 (Satanás y su tropa), el 7 (Dios y sus huestes), el 10 (el grado máximo de la grandeza, el espíritu de la nación, la cumbre, el cenit, el apogeo), el 50 (un número mágico, nuestros Estados... entre ellos nuestro favorito: Michigan -pero no lo digas más allá del territorio estatal, nunca jamás en Indiana o en Ohio) y el 100 (qué decir del 100... otro maravilloso invento con una connotación de grandísima grandeza).

En cambio, parece que en esta Ciudad el número mágico es el 2, pero lo mejor de todo es que nadie se da cuenta, y nadie lo hará si acaso quiere seguir viviendo su propio sueño americano, aunque sea una pesadilla. Ricos al sur y pobres al norte -rompiendo con la clásica distribución de las riquezas, aunque en tan reducido territorio no podemos decir que sea la excepción de la norma-, separados por un río que parece fluir con más tranquilidad en el Otherside; y hasta la zona pobre, o menos rica, está jerarquizada, esta vez sí que en el orden común de las cosas: cuanto más al norte, mejor -prueba de esto es el Port's District y su clasista división-. Pero, más allá del simple interés monetario, del nivel económico, del grado de riqueza de cualquiera de los dos lados, permanece bajo la Diagonal una división mística, casi metafísica, un dualismo ontológico al más puro estilo de Nuestro Señor Platón. ¿Queréis acercaros? Pues tened cuidado de a cuál lo hacéis. Mirad vuestros relojes, pensad en qué escogéis. Sabéis que nadie en su sano juicio cruza el Wolf's Mouth. Escoged el Boss' Road, como todo ser con un ápice de raciocinio. Quizá seáis tan prejuciosos como los números.

Esta Ciudad es así. Escoger el camino equivocado de vuelta a casa puede costarte la vida. ¿Damos un paseo?


19 de junio de 2008

lunes, 18 de abril de 2011

El Bosque Violeta (Violet Forest)

Y ahí estaba yo. Los rayos de luz del Sol, sobre un cielo completamente despejado, caían obtusos, tímidos, proyectando miles de sombras al atardecer. Había una leve brisa yendo de aquí para allá; las hojas de los lilos, impelidas por ella, se rozaban pícaras, curioseando y murmurando, seguramente hablando de nosotros dos.

Su mano rodeaba mi cuello, temblaban sus labios junto a los míos, se entrelazaban nuestros dedos, mientras la luz se iba disipando y sus ojos oscuros quedaban fijos sobre los míos. Apoyó su frente en la mía y susurró aquellas palabras que, acompañadas de un suspiro, me arrancaron un precioso escalofrío que, subiendo desde las rodillas, terminó por dibujar una sonrisa en mi rostro. El sonido de nuestros besos calló a los lilos florecidos, que comenzaron a entregarnos suavemente sus pétalos, cayendo sobre nosotros como una lluvia violeta.

Su sonrisa me desarmaba. Su belleza era tan sublime que, como Ulises hechizado por el canto de las sirenas, no me permitía hacer nada sino mirarla, aprovechar los minutos que el tiempo me quisiera tirar para ser testigo de la escena que conformaban su pelo -deslizándose sobre su frente, tratando de protegerla de alguna mirada furtiva pero sin lograrlo en absoluto-, sus ojos -grandes, rodeados por un halo oscuro alrededor de un casi imperceptible e intenso color castaño y por sus esbeltas pestañas-, su nariz -tímida, curiosa y pícara-, sus labios -aún temblorosos pero firmes, poseedores de los dos regalos que más deseaba mi alma, cuyo sabor anhelaban los míos y cuyo contorno dibujaban mis dedos- y el resto de su rostro -en cuya barbilla terminaba siempre mi mano, tan suave su piel, tan blanca.

La brisa nos envolvía con su perfume, fruto del de ambos, que más tarde se quedaría impregnado en mi ropa.

Sus brazos me rodearon, buscando mi abrazo. Ya no sabía si estaba abrazándola a ella o si me estaba abrazando a mí. Sólo sabía que, si el tiempo se hubiera parado, si se hubiera detenido en ese instante, me hubiera quedado allí, dentro de ella. Pero el tiempo no quiso tirarnos más minutos, tan apático, tan poco comprensivo.

Regresé solo a mi hogar, respirando aún su perfume, saboreando aún sus besos, notando aún su mano en mi cuello y su abrazo. Viendo a lo lejos su mirada desvanecerse como lo hizo la luz del Sol, como después lo haría la brisa y, algo más tarde, mi consciencia.


3 de mayo de 2008

domingo, 17 de abril de 2011

Deph E·Lipe Bar

Unos ojos, una sonrisa... y de paso una copa.

Realmente vengo sólo para verlo. Mientras a mi lado se sientan ilustres personajes y famosos periodistas y actores para preguntarme qué tal me va y cómo me llamo -en ese orden-, yo miro alrededor buscando esa mirada, esa mueca entre alegre y triste que tanto me intriga.

Sábado, dos y media de la madrugada. Debería de estar ya por aquí.

-¿Qué tal te va, guapetona?

Otro salido, uno de tantos en esta ciudad. Ni siquiera recuerda que anoche le mandé al Maroon River a buscar mejillones... Ellos lo intentan y, si ven que no van a conseguir nada de lo que buscan, entonces se van. Sólo si se les olvida, y en este lugar el olvido va de la mano de la cuenta, vuelven a intentarlo.

-¿Cómo te llamas? -insiste.

Simplemente su mirada. Sólo quiero ver sus ojos y, entonces, podré dormir esta noche sin pensar en el trabajo.

-¿Sabes? Eres la segunda golfa que me ignora esta noche... -dice el cabronazo, cogiendo su copa y marchándose en busca de un pedazo de carne que, a diferencia de mí, esté dispuesto a satisfacer sus deseos.

Se abre la puerta del bar. Entra otro guaperas con la camiseta ajustada y los tres botones superiores abiertos.

Los neones rosas y azules me recuerdan dónde estoy: bar Deph E·Lipe. Estoy sola en el bar más atestado de Maroon, en la calle más abarrotada de Maroon, en el distrito más vivo de Maroon.

-¿Qué tal te va todo, guapa?

Es tan... extraño. Él... Él siempre estaba aquí a esta hora y, sin embargo, hoy no lo veo por ningún lado. Sus ojos... su sonrisilla...

-¿Cómo te llamas? -insiste.

-Madeline.

-Hola, Madeline. ¿Cuánto cobras?

-Doscientos dólares la hora.

-Muy bien, Madeline... ¿Adónde vamos?

Lo cojo de la mano y lo llevo fuera del bar, sabiendo que esta noche no podré dormir. Esta noche no lograré evitarlo.


¿28 de abril de 2008?

sábado, 16 de abril de 2011

Scarlet Main Street

Gotas rojas tintan los cristales del edificio. La pobre joven espera abajo a su amado y no sabe que ya no le va a volver a ver, no al menos sonriéndole, pues su paralizada mueca es la de la más absoluta tristeza.

Su cuerpo se mece de un lado a otro, deslizándose sobre el asfalto de la calle principal de Maroon City. Su pelo rubio hondea al viento a la par que el Astro Rey dibuja las sombras de éste en un suelo que se oscurece y humedece por la incipiente lluvia. Poco después la acera está salpicada de charcos.

En el suelo se aprecia el contorno que crea el paraguas, en el cielo una herida que parece de lanza permite el flujo de algo de luz.

Gris, blanco y negro. Rojo inconsciente.

La puerta sigue cerrada. El interior es ahora mudo. Los nobles caballeros trajeados y con gabardina se ponen el sombrero de copa y salen al exterior, inclinándose ante la joven mostrando un respeto socarrón en el interior, una burla vestida de galantería.

Gris, blanco y negro. Rojo solitario.

La peana aún sin mojar sobre la que se balancea la joven comienza a difuminarse hasta desaparecer. El paraguas en el suelo. Los cabellos pesados caen sobre el rostro pálido de la inocencia, mezclándose con las lágrimas de dolor.

Gris, blenco y negro. Rojo turbador.

Los gritos agonizantes de la pureza se mezclan con el ruido de los motores, mientras el restro de los ciudadanos hacen su vida indistintamente.

El charco se hace poco a poco con las baldosas. El arma queda aislada como una ínsula en medio de un mar Rojo. Un tiro se oye en la enorme calle. Otro más. Todo son gotas aquí: lluvia, sangre... lágrimas.

Gris, rojo y negro.


¿28 de abril de 2008?

viernes, 15 de abril de 2011

Prólogo

Si pudiera, si estuviera en mis manos el crear esta Ciudad, el cambiarla desde sus cimientos, así lo haría. Si tuviese la oportunidad de ser yo el artífice de este surgimiento, no dudaría ni un segundo en pasar a serlo... Pero me veo como el simple escriba, el simple historiador, de este Ab Urbe Condita de la Ciudad, desde los altos edificios que coronan su terreno hasta las cloacas que lo recorren ocultas, como sus vasos sanguíneos. "Y hay veces que realmente pienso que es lodo lo que recorre tus venas", me viene a la cabeza aquella cita de Edward Wallace, la única figura con renombre en el campo literario de Maroon City, refiriéndose inequívocamente a Ella -¿a quién, si no?

Hace poco, no diría más de un mes, me encontré con el Concejal de Cultura. Yo me dirigía, como muchas mañanas, a los Juzgados y él, como todas, al Maroon City Hall. Su aspecto desaliñado y desgarbado no hacían sino provocarme una náusea al pensar que en sus manos está gran parte del destino de los pequeños de, como mínimo, cuatro años de gobierno. Pero no era su aspecto lo que provocaba en mí semejante respuesta corporal, sino el olor que despedía su aliento.

-¿Cómo te va, fiscal? -me preguntó.

-Bien, hasta hace unos segundos. No me tutee -me resultaba tan conmovedor ser yo, un simple abogado, quien le dijera a nuestro Concejal de Cultura que, por la diferencia de edad, debía hablarme de usted.

-¿Cómo que bien hasta hace unos segundos? ¿Te ha ocurrido algo? -había algo en su tono de voz que me desagradaba.

-Ha aparecido usted -respondí, empleando la forma de respeto por simple procedimiento-. No me tutee.

-¿De modo que soy el causante de su... de su...? -al menos su proceso mental le permitió llegar a la idea del "usted", aunque no le permitía llegar al concepto de "desagrado". No era su tono de voz lo que me desagradaba, era su voz.

-¿De mi desagrado? -le ayudé- Así es. Y, ahora, si me disculpa... -me adelanté unos metros para evitar su pérfida compañía, si acaso se le puede llamar así al hecho de caminar junto a una sombra. Pero, acelerando la marcha, me alcanzó.

-Si tuviera que decirles algo a los padres de todos los niños de esta ciudad, ¿qué les diría? -no era su voz lo que me desagradaba, era él

-¿Resulta que ahora le redacto los discursos? Perdóneme, pero no tengo tiempo para gastarlo con usted ahora... -me adelanté un poco más.

-Símplemente responda -dijo, desde detrás. Detuve mi marcha- ¿Que eligieran a otro alcalde? ¿Que cuidasen mucho los estudios de sus hijitos? ¡Mójese! -me animó desde atrás.

Durante un minuto estuve pensando en ellos, en los pobres niños que veían pasar su vida sin poder ser artífices de ésta... Para, al ser mayores, mirar atrás y escribir un Ab Urbe Condita de su historia... Meros historiadores, narradores pero no protagonistas. Me giré y, tragándome el orgullo y el desprecio, le contesté:

-Que recogieran sus cosas y se marcharan de esta Ciudad.