lunes, 18 de abril de 2011

El Bosque Violeta (Violet Forest)

Y ahí estaba yo. Los rayos de luz del Sol, sobre un cielo completamente despejado, caían obtusos, tímidos, proyectando miles de sombras al atardecer. Había una leve brisa yendo de aquí para allá; las hojas de los lilos, impelidas por ella, se rozaban pícaras, curioseando y murmurando, seguramente hablando de nosotros dos.

Su mano rodeaba mi cuello, temblaban sus labios junto a los míos, se entrelazaban nuestros dedos, mientras la luz se iba disipando y sus ojos oscuros quedaban fijos sobre los míos. Apoyó su frente en la mía y susurró aquellas palabras que, acompañadas de un suspiro, me arrancaron un precioso escalofrío que, subiendo desde las rodillas, terminó por dibujar una sonrisa en mi rostro. El sonido de nuestros besos calló a los lilos florecidos, que comenzaron a entregarnos suavemente sus pétalos, cayendo sobre nosotros como una lluvia violeta.

Su sonrisa me desarmaba. Su belleza era tan sublime que, como Ulises hechizado por el canto de las sirenas, no me permitía hacer nada sino mirarla, aprovechar los minutos que el tiempo me quisiera tirar para ser testigo de la escena que conformaban su pelo -deslizándose sobre su frente, tratando de protegerla de alguna mirada furtiva pero sin lograrlo en absoluto-, sus ojos -grandes, rodeados por un halo oscuro alrededor de un casi imperceptible e intenso color castaño y por sus esbeltas pestañas-, su nariz -tímida, curiosa y pícara-, sus labios -aún temblorosos pero firmes, poseedores de los dos regalos que más deseaba mi alma, cuyo sabor anhelaban los míos y cuyo contorno dibujaban mis dedos- y el resto de su rostro -en cuya barbilla terminaba siempre mi mano, tan suave su piel, tan blanca.

La brisa nos envolvía con su perfume, fruto del de ambos, que más tarde se quedaría impregnado en mi ropa.

Sus brazos me rodearon, buscando mi abrazo. Ya no sabía si estaba abrazándola a ella o si me estaba abrazando a mí. Sólo sabía que, si el tiempo se hubiera parado, si se hubiera detenido en ese instante, me hubiera quedado allí, dentro de ella. Pero el tiempo no quiso tirarnos más minutos, tan apático, tan poco comprensivo.

Regresé solo a mi hogar, respirando aún su perfume, saboreando aún sus besos, notando aún su mano en mi cuello y su abrazo. Viendo a lo lejos su mirada desvanecerse como lo hizo la luz del Sol, como después lo haría la brisa y, algo más tarde, mi consciencia.


3 de mayo de 2008

No hay comentarios:

Publicar un comentario