Si pudiera, si estuviera en mis manos el crear esta Ciudad, el cambiarla desde sus cimientos, así lo haría. Si tuviese la oportunidad de ser yo el artífice de este surgimiento, no dudaría ni un segundo en pasar a serlo... Pero me veo como el simple escriba, el simple historiador, de este Ab Urbe Condita de la Ciudad, desde los altos edificios que coronan su terreno hasta las cloacas que lo recorren ocultas, como sus vasos sanguíneos. "Y hay veces que realmente pienso que es lodo lo que recorre tus venas", me viene a la cabeza aquella cita de Edward Wallace, la única figura con renombre en el campo literario de Maroon City, refiriéndose inequívocamente a Ella -¿a quién, si no?
Hace poco, no diría más de un mes, me encontré con el Concejal de Cultura. Yo me dirigía, como muchas mañanas, a los Juzgados y él, como todas, al Maroon City Hall. Su aspecto desaliñado y desgarbado no hacían sino provocarme una náusea al pensar que en sus manos está gran parte del destino de los pequeños de, como mínimo, cuatro años de gobierno. Pero no era su aspecto lo que provocaba en mí semejante respuesta corporal, sino el olor que despedía su aliento.
-¿Cómo te va, fiscal? -me preguntó.
-Bien, hasta hace unos segundos. No me tutee -me resultaba tan conmovedor ser yo, un simple abogado, quien le dijera a nuestro Concejal de Cultura que, por la diferencia de edad, debía hablarme de usted.
-¿Cómo que bien hasta hace unos segundos? ¿Te ha ocurrido algo? -había algo en su tono de voz que me desagradaba.
-Ha aparecido usted -respondí, empleando la forma de respeto por simple procedimiento-. No me tutee.
-¿De modo que soy el causante de su... de su...? -al menos su proceso mental le permitió llegar a la idea del "usted", aunque no le permitía llegar al concepto de "desagrado". No era su tono de voz lo que me desagradaba, era su voz.
-¿De mi desagrado? -le ayudé- Así es. Y, ahora, si me disculpa... -me adelanté unos metros para evitar su pérfida compañía, si acaso se le puede llamar así al hecho de caminar junto a una sombra. Pero, acelerando la marcha, me alcanzó.
-Si tuviera que decirles algo a los padres de todos los niños de esta ciudad, ¿qué les diría? -no era su voz lo que me desagradaba, era él
-¿Resulta que ahora le redacto los discursos? Perdóneme, pero no tengo tiempo para gastarlo con usted ahora... -me adelanté un poco más.
-Símplemente responda -dijo, desde detrás. Detuve mi marcha- ¿Que eligieran a otro alcalde? ¿Que cuidasen mucho los estudios de sus hijitos? ¡Mójese! -me animó desde atrás.
Durante un minuto estuve pensando en ellos, en los pobres niños que veían pasar su vida sin poder ser artífices de ésta... Para, al ser mayores, mirar atrás y escribir un Ab Urbe Condita de su historia... Meros historiadores, narradores pero no protagonistas. Me giré y, tragándome el orgullo y el desprecio, le contesté:
-Que recogieran sus cosas y se marcharan de esta Ciudad.
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