Hablemos de Maroon. Maroon, en ese idioma, puede ser varias cosas: el color de la sangra coagulada al mezclarse con el barro, dando la apariencia de que la misma naturaleza se está gangrenando; abandonar a su suerte a alguien en una isla, simplemente... -o no tan simplemente.
En su idioma, Maroon es una disociación, es la realidad recrudecida, es esta Ciudad: Maroon City. Cierra los ojos y respira profundamente: el olor a humo mezclado con el polvoriento sabor de la brisa llena su garganta. El Sol poniente ilumina las torres del lugar, desprendiendo un resplandor que podría caracterizarse como "marooniano" por su aspecto gastado: un rojo medio podrido, pestilente, carcomido. Las calles trepan y congestionan la urbe plagándola de coches y colosales autobuses que, despreocupados (como sus madres las fábricas lo hacen en el extremo septentrional), escupen sus flatulencias al exterior, ya completamente desprovisto de su primigenia naturaleza. Y, entonces, absolutamente rodeado, en el centro de la calle más significativa y transitada del lugar -la Scarlet Main Street-, tiene la certeza de que está solo, abandonado a su suerte... ¿en una isla?
Sus pasos se deprimen, abarcando cada vez menos terreno para, finalmente, detenerse frente a la estatua que preside la ciudad.
-Lénore... -susurra.
La blanca piel del ángel, pétrea e inmóvil, hierática, conmueve su pequeño corazón.
-Lénore... -vuelve a susurrar.
-Dime, pequeño -responde el ángel.
-¿Cómo llegaste hasta aquí? Dime, Lénore -pregunta el chiquillo. Sus diminutos ojos verdes se clavan tristemente sobre su interlocutora. Sus piernecitas, demasiado cortas como para permitirle alcanzar siquiera la cima del marmóreo pedestal, se curvan, colocando a su cueño de cuclillas para luego sentarle. Las ropas del muchacho, agitadas por el viento -muy fuerte en este preciso lugar de la ciudad-, parecen querer evitar la conversación.
-Te lo contaré, pequeño -dice el ángel-. Pero antes dime: ¿por qué no has comido hoy?
-Papá no ha pescado nada -confiesa el muchachito.
-¿Y...? -comienza Lénore, para ser interrumpida.
-... y mamá murió el año pasado -añade el chico.
-Lo sé. Toma, come -musita el ángel.
El viento empuja una aceitosa caja de hamburguesa, que choca contra el niño quien, ansioso, abre para descubrir que está vacía.
-Lénore... -susurra de nuevo, suplicante.
Pero el ángel ha callado.
Las gentes vienen y van por Scarlet Main Street. Su rutina sólo se rompe, y momentáneamente, cuando descubren el cuerpecito de un niño de apenas siete años frente a Lénore, la estatua que preside la ciudad.
Bienvenidos a Maroon City.
5 de marzo de 2010
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