Cetros, báculos y bastoncitos de colores. Mi mente se ha quedado completamente bloqueada y, obtusa, trata de comprender el porqué de esta sensación que, de repente, ha teñido el día gris de negro.
En estas fechas siempre pasa lo mismo: todo es felicidad, todo son regalos... Trato de convencerme de que son estupideces, de que no es más que un fetiche al que se aferran millones de familias alrededor del mundo para sublimar su desgracia.
Es un bien común a todos aquellos que acaso sean tan ciegos como para no reparar en las cadenas que ello supone, pero incluso los hay que las conocen y se las aprietan. Otros, resignados como yo, tratamos de pasar los días junto a alguien para no sentirnos desamparados, pues esta joya se torna en carbón para aquellos que no aceptamos su falso brillo.
Buscas alrededor y no hay nadie. Las calles desiertas evocan una ciudad evacuada por riesgo de contagio y el único rastro de vida lo constituyen los cientos de luces imposibles de evitar con la mirada que parecen gritar que más vale ser un necio feliz que un sabio desgraciado.
Pero hay algo que no encaja.
Marionetas cogidas por los pelos por un individuo al que nunca tuve la oportunidad de conocer.
Para mejorar el escenario, el viento gélido azota mi cuerpo. Sería un buen momento para irse a casa, disfrutar aunque fuera de una cálida soledad en la amarga compañía de la melancolía... claro que no tengo casa, mucho menos un hogar, donde resguardarme del frío. Parece evidente que todo aquello que vive y todo aquello que, inerte, baila al compás de viejas canciones populares se ha aliado en mi contra, juzgando mi decisión.
A cada rato vienen a mis oídos gozosa risas, sonoras carcajadas fruto del alcohol, la felicidad o una acertada solución de ambas, ya no sé si producto de mi volátil imaginación, de mi oportunista esquizofrenia o de la realidad misma. ¿Y cómo saberlo, si ocurren intramuros?
Una señora me mira con desdén al cruzarse conmigo. Mi aspecto desaliñado, excesivamente arreglado, estrambótico o plenamente común -hoy por hoy ¿quién sabe?- le impulsan a mantener la distancia de seguridad.
Dos coches chocan en la lejanía.
Escuché atento las palabras: "la gente iría más despacio si, en lugar de airbags, fueran unos afilados cuchillos los que esperasen junto al salpicadero".
Toso. Esputo. Otra mujer me evita.
Trágica víspera. Un sueño roto, quizá más. Las aceras parecen perder el ancho común mientras pocos coches apisonan el asfalto aún mojado por la lluvia.
Dos coches colisionan a unos metros.
La nieve parece disimular un rastro inconfundible. Mis pasos, similares a los de una persona ebria, espantan a los transeúntes. Sería eso.
La cueva de los demonios se alza frente a mí mientras las brillantes luces terminan de sumirme en el estupor de la decadencia.
Dos coches se aplastan ante mis ojos.
La obsolescencia de cualquier acontecimiento transcurrido en estas mágicas horas pierde valor ante una sociedad ahumada en consumismo y celebraciones. Descubrí su espíritu para perder el mío en un cartel de "Desaparecido".
Dos coches se mutilan, se desmiembran, se pierden entre la nieve y el humo.
En una noche tal, nadie mira las noticias.
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