Gotas rojas tintan los cristales del edificio. La pobre joven espera abajo a su amado y no sabe que ya no le va a volver a ver, no al menos sonriéndole, pues su paralizada mueca es la de la más absoluta tristeza.
Su cuerpo se mece de un lado a otro, deslizándose sobre el asfalto de la calle principal de Maroon City. Su pelo rubio hondea al viento a la par que el Astro Rey dibuja las sombras de éste en un suelo que se oscurece y humedece por la incipiente lluvia. Poco después la acera está salpicada de charcos.
En el suelo se aprecia el contorno que crea el paraguas, en el cielo una herida que parece de lanza permite el flujo de algo de luz.
Gris, blanco y negro. Rojo inconsciente.
La puerta sigue cerrada. El interior es ahora mudo. Los nobles caballeros trajeados y con gabardina se ponen el sombrero de copa y salen al exterior, inclinándose ante la joven mostrando un respeto socarrón en el interior, una burla vestida de galantería.
Gris, blanco y negro. Rojo solitario.
La peana aún sin mojar sobre la que se balancea la joven comienza a difuminarse hasta desaparecer. El paraguas en el suelo. Los cabellos pesados caen sobre el rostro pálido de la inocencia, mezclándose con las lágrimas de dolor.
Gris, blenco y negro. Rojo turbador.
Los gritos agonizantes de la pureza se mezclan con el ruido de los motores, mientras el restro de los ciudadanos hacen su vida indistintamente.
El charco se hace poco a poco con las baldosas. El arma queda aislada como una ínsula en medio de un mar Rojo. Un tiro se oye en la enorme calle. Otro más. Todo son gotas aquí: lluvia, sangre... lágrimas.
Gris, rojo y negro.
¿28 de abril de 2008?
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