Un precioso puente. Un precioso parque circular. Unas preciosas calles... vedadas para los profanos por unas frías barras de metal. Los castillos de nuestro siglo, y ésas son sus murallas para que la plebe no pueda pisar sus limpias aceras, ver sus relucientes casas, admirar sus cuidados espacios verdes... o simplemente sorprenderse porque todas las farolas alumbran.
Incluso parece que el aire es más limpio aquí... ¿Simplemente lo parece?
A los que viven aquí no les consideramos de la Ciudad: ellos han montado su propio pequeño país en el que todo funciona a la perfección. No les consideramos ciudadanos, pero casi tampoco humanos. Ellos mismos han renunciado a su humanidad erigiéndose en poderosos contempladores de la miseria que tan cerca tienen, ellos pusieron las verjas. Sí, ellos construyeron el puente, pero también la muralla.
Les tratamos como si fueran muertos, porque así lo están: ellos no significan nada para nosotros, como nosotros no significamos nada para ellos. Este es el otro lado de la Ciudad. Ni siquiera: esto es simplemente el otro lado, y ellos sus habitantes. El mismo fiero clasismo late en sendos corazones: si a mí se me cayera un papel al suelo, uno de ellos no se detendría a recogerlo; al igual, si a uno de ellos le ocurriese lo mismo, también pasaría de largo. ¿Acaso tengo que participar de su realidad cuando ellos me han retirado de ella?
Ellos... Malditos ricos. Racionalmente, sé que mi rabia contra ellos es una rabia mal dirigida, pues lo que realmente me enfurece es el hecho de que yo haya nacido al otro lado del puente y no aquí... Pero, racionalmente, también sé que quemar el tejido que se hunde en esta botella con queroseno y lanzar el resultado contra este parque no va a solucionar mis problemas...
...pero quizá sí les traiga algunos a ellos.
13 de octubre de 2008
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